Novelas Ejemplares
de Miguel de Cervantes
7561Y, abrazándose los dos, después de haberse recebido con grande amor y grandes cortesías, se entraron en una sala, 7562donde se quedaron solos con el huésped, el cual ya tenía consigo la cadena, y dijo: 7563-Ya el señor Corregidor sabe a lo que vuesa merced viene, señor don Diego de Carriazo; 7564vuesa merced saque los trozos que faltan a esta cadena, y el señor Corregidor sacará el pergamino que está en su poder, 7565y hagamos la prueba que ha tantos años que espero a que se haga.
7566-Desa manera -respondió don Diego-, no habrá necesidad de dar cuenta de nuevo al señor Corregidor de nuestra venida, 7567pues bien se verá que ha sido a lo que vos, señor huésped, habréis dicho.
7568-Algo me ha dicho; pero mucho me quedó por saber. El pergamino, hele aquí. 7569Sacó don Diego el otro, y juntando las dos partes se hicieron una, y a las letras del que tenía el huésped, que, 7570como se ha dicho, eran E T E L S N V D D R, respondían en el otro pergamino éstas: S A S A E AL ER A E A, 7571que todas juntas decían: ESTA ES LA SEÑAL VERDADERA. 7572Cotejáronse luego los trozos de la cadena y hallaron ser las señas verdaderas. 7573-¡Esto está hecho! -dijo el Corregidor-. Resta ahora saber, si es posible, 7574quién son los padres desta hermosísima prenda. 7575-El padre -respondió don Diego- yo lo soy; la madre ya no vive: 7576basta saber que fue tan principal que pudiera yo ser su criado. Y, 7577porque como se encubre su nombre no se encubra su fama, 7578ni se culpe lo que en ella parece manifiesto error y culpa conocida, se ha de saber que la madre desta prenda, 7579siendo viuda de un gran caballero, se retiró a vivir a una aldea suya; y allí, con recato y con honestidad grandísima, 7580pasaba con sus criados y vasallos una vida sosegada y quieta. Ordenó la suerte que un día, 7581yendo yo a caza por el término de su lugar, quise visitarla, y era la hora de siesta cuando llegué a su alcázar: 7582que así se puede llamar su gran casa; dejé el caballo a un criado mío; 7583subí sin topar a nadie hasta el mismo aposento donde ella estaba durmiendo la siesta sobre un estrado negro. 7584Era por estremo hermosa, y el silencio, la soledad, la ocasión, despertaron en mí un deseo más atrevido que honesto; y, 7585sin ponerme a hacer discretos discursos, cerré tras mí la puerta, y, llegándome a ella, la desperté; y, 7586teniéndola asida fuertemente, le dije: "Vuesa merced, señora mía, no grite, 7587que las voces que diere serán pregoneras de su deshonra: nadie me ha visto entrar en este aposento; que mi suerte, 7588par[a] que la tenga bonísima en gozaros, ha llovido sueño en todos vuestros criados, 7589y cuando ellos acudan a vuestras voces no podrán más que quitarme la vida, y esto ha de ser en vuestro mismos brazos, 7590y no por mi muerte dejará de quedar en opinión vuestra fama". Finalmente, 7591yo la gocé contra su voluntad y a pura fuerza mía: ella, cansada, rendida y turbada, 7592o no pudo o no quiso hablarme palabra, y yo, dejándola como atontada y suspensa, 7593me volví a salir por los mismos pasos donde había entrado, y me vine a la aldea de otro amigo mío, 7594que estaba dos leguas de la suya. Esta señora se mudó de aquel lugar a otro, y, sin que yo jamás la viese, 7595ni lo procurase, se pasaron dos años, al cabo de los cuales supe que era muerta; y podrá haber veinte días que, 7596con grandes encarecimientos, escribiéndome que era cosa que me importaba en ella el contento y la honra, 7597me envió a llamar un mayordomo desta señora. Fui a ver lo que me quería, bien lejos de pensar en lo que me dijo; 7598halléle a punto de muerte, y, por abreviar razones, 7599en muy breves me dijo cómo al tiempo que murió su señora le dijo todo lo que conmigo le había sucedido, 7600y cómo había quedado preñada de aquella fuerza; y que, por encubrir el bulto, 7601había venido en romería a Nuestra Señora de Guadalupe, y cómo había parido en esta casa una niña, 7602que se había de llamar Costanza. Diome las señas con que la hallaría, 7603que fueron las que habéis visto de la cadena y pergamino. Y diome ansimismo treinta mil escudos de oro, 7604que su señora dejó para casar a su hija. Díjome ansimismo que el no habérmelos dado luego, como su señora había muerto, 7605ni declarádome lo que ella encomendó a su confianza y secreto, 7606había sido por pura codicia y por poderse aprovechar de aquel dinero; 7607pero que ya que estaba a punto de ir a dar cuenta a Dios, 7608por descargo de su conciencia me daba el dinero y me avisaba adónde y cómo había de hallar mi hija.
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