(c) 2014-16 Diego Buendía
Novelas Ejemplares
de Miguel de Cervantes
α Día 2016-11-06 ω


4454El concurso de la gente fue tanto, que les pesó de no haber entrado en los coches, 4455que no les daban lugar de llegar al monasterio. Unos bendecían a sus padres, otros al cielo, 4456que de tanta hermosura la había dotado; unos se empinaban por verla; otros, habiéndola visto una vez,

4457corrían adelante por verla otra; y el que más solícito se mostró en esto, y tanto que muchos echaron de ver en ello, 4458fue un hombre vestido en hábito de los que vienen rescatados de cautivos, con una insignia de la Trinidad en el pecho, 4459en señal que han sido rescatados por la limosna de sus redemptores. Este cautivo, pues,

4460al tiempo que ya Isabela tenía un pie dentro de la portería del convento, donde habían salido a recebirla, como es uso, 4461la priora y las monjas con la cruz, a grandes voces dijo:
Detente, Isabela, detente!;
4462que mientras yo fuere vivo no puedes ser religiosa.

4463A estas voces, Isabela y sus padres volvieron los ojos, y vieron que, hendiendo por toda la gente, 4464hacia ellos venía aquel cautivo; que, habiéndosele caído un bonete azul redondo que en la cabeza traía, 4465descubrió una confusa madeja de cabellos de oro ensortijados, y un rostro como el carmín y como la nieve, 4466colorado y blanco: señales que luego le hicieron conocer y juzgar por estranjero de todos. En efeto,

4467cayendo y levantando, llegó donde Isabela estaba; y, asiéndola de la mano, le dijo:
-¿Conócesme, Isabela?
4468Mira que yo soy Ricaredo, tu esposo.
- conozco - dijo Isabela-, si ya no eres fantasma que viene a turbar mi reposo.


4469Sus padres le asieron y atentamente le miraron, y en resolución conocieron ser Ricaredo el cautivo; el cual, 4470con lágrimas en los ojos, hincando las rodillas delante de Isabela, 4471le suplicó que no impidiese la estrañeza del traje en que estaba su buen conocimiento,

4472ni estorbase su baja fortuna que ella no correspondiese a la palabra que entre los dos se habían dado. Isabela, 4473a pesar de la impresión que en su memoria había hecho la carta de su madre de Ricaredo, dándole nuevas de su muerte, 4474quiso dar más crédito a sus ojos y a la verdad que presente tenía; y así, abrazándose con el cautivo, le dijo:

4475-Vos, sin duda, señor mío, sois aquel que sólo podrá impedir mi cristiana determinación. Vos, señor, 4476sois sin duda la mitad de mi alma, pues sois mi verdadero esposo; 4477estampado os tengo en mi memoria y guardado en mi alma. Las nuevas que de vuestra muerte me escribió mi señora, 4478y vuestra madre, ya que no me quitaron la vida, me hicieron escoger la de la religión,

4479que en este punto quería entrar a vivir en ella. Mas, pues Dios con tan justo impedimento muestra querer otra cosa, 4480ni podemos ni conviene que por mi parte se impida. Venid, señor, a la casa de mis padres, que es vuestra, 4481y allí os entregaré mi posesión por los términos que pide nuestra santa fe católica.

4482Todas estas razones oyeron los circunstantes, y el asistente, y vicario, y provisor del arzobispo; 4483y de oírlas se admiraron y suspendieron, y quisieron que luego se les dijese qué historia era aquélla, 4484qué estranjero aquél y de qué casamiento trataban. A todo

4485lo cual respondió el padre de Isabela, diciendo que aquella historia pedía otro lugar y algún término para decirse. 4486Y así, suplicaba a todos aquellos que quisiesen saberla, diesen la vuelta a su casa, pues estaba tan cerca; 4487que allí se la contarían de modo que con la verdad quedasen satisfechos, 4488y con la grandeza y estrañeza de aquel suceso admirados. En esto, uno de los presentes alzó la voz, diciendo:

4489-Señores, este mancebo es un gran cosario inglés, que yo le conozco; 4490y es aquel que habrá poco más de dos años tomó a los cosarios de Argel la nave de Portugal que venía de las Indias.

4491No hay duda sino que es él, que yo le conozco, porque él me dio libertad y dineros para venirme a España, 4492y no sólo a , sino a otros trecientos cautivos.

4493Con estas razones se alborotó la gente y se avivó el deseo que todos 4494tenían de saber y ver la claridad de tan intricadas cosas. Finalmente, la gente más principal, 4495con el asistente y aquellos dos señores eclesiásticos, volvieron a acompañar a Isabela a su casa, 4496dejando a las monjas tristes, confusas y llorando por lo que perdían en [no] tener en su compañía a la hermosa Isabela;

4497la cual, estando en su casa, en una gran sala della hizo que aquellos señores se sentasen. Y, 4498aunque Ricaredo quiso tomar la mano en contar su historia, 4499todavía le pareció que era mejor fiarlo de la lengua y discreción de Isabela, y no de la suya, 4500que no muy expertamente hablaba la lengua castellana.