Novelas Ejemplares
de Miguel de Cervantes
850-Par Dios, señor Andrés -dijo uno de los gitanos-, que, 851aunque la mula tuviera más señales que las que han de preceder al día tremendo, 852aquí la transformáramos de manera que no la conociera la madre que la parió ni el dueño que la ha criado.
853-Con todo eso -respondió Andrés-, por esta vez se ha de seguir y tomar el parecer mío. A esta mula se ha de dar muerte, 854y ha de ser enterrada donde aun los huesos no parezcan.
855-¡Pecado grande! -dijo otro gitano-: ¿a una inocente se ha de quitar la vida? No diga tal el buen Andrés, 856sino haga una cosa: mírela bien agora, de manera que se le queden estampadas todas sus señales en la memoria, 857y déjenmela llevar a mí; y si de aquí a dos horas la conociere, que me lardeen como a un negro fugitivo.
858-En ninguna manera consentiré -dijo Andrés- que la mula no muera, aunque más me aseguren su transformación. 859Yo temo ser descubierto si a ella no la cubre la tierra. Y, si se hace por el provecho que de venderla puede seguirse, 860no vengo tan desnudo a esta cofradía, que no pueda pagar de entrada más de lo que valen cuatro mulas.
861-Pues así lo quiere el señor Andrés Caballero -dijo otro gitano-, muera la sin culpa; y Dios sabe si me pesa, 862así por su mocedad, pues aún no ha cerrado (cosa no usada entre mulas de alquiler), como porque debe ser andariega, 863pues no tiene costras en las ijadas, ni llagas de la espuela. 864Dilatóse su muerte hasta la noche, 865y en lo que quedaba de aquel día se hicieron las ceremonias de la entrada de Andrés a ser gitano, que fueron: 866desembarazaron luego un rancho de los mejores del aduar, y adornáronle de ramos y juncia; y, 867sentándose Andrés sobre un medio alcornoque, pusiéronle en las manos un martillo y unas tenazas, y, 868al son de dos guitarras que dos gitanos tañían, le hicieron dar dos cabriolas; luego le desnudaron un brazo, 869y con una cinta de seda nueva y un garrote le dieron dos vueltas blandamente. 870A todo se halló presente Preciosa y otras muchas gitanas, viejas y mozas; que las unas con maravilla, otras con amor, 871le miraban; tal era la gallarda disposición de Andrés, que hasta los gitanos le quedaron aficionadísimos. 872Hechas, pues, las referidas ceremonias, un gitano viejo tomó por la mano a Preciosa, y, puesto delante de Andrés, dijo:
873-Esta muchacha, que es la flor y la nata de toda la hermosura de las gitanas que sabemos que viven en España, 874te la entregamos, ya por esposa o ya por amiga, que en esto puedes hacer lo que fuere más de tu gusto, 875porque la libre y ancha vida nuestra no está sujeta a melindres ni a muchas ceremonias. Mírala bien, 876y mira si te agrada, o si vees en ella alguna cosa que te descontente; y si la vees, 877escoge entre las doncellas que aquí están la que más te contentare; que la que escogieres te daremos; 878pero has de saber que una vez escogida, no la has de dejar por otra, ni te has de empachar ni entremeter, 879ni con las casadas ni con las doncellas. Nosotros guardamos inviolablemente la ley de la amistad: 880ninguno solicita la prenda del otro; libres vivimos de la amarga pestilencia de los celos. Entre nosotros, 881aunque hay muchos incestos, no hay ningún adulterio; y, cuando le hay en la mujer propia, 882o alguna bellaquería en la amiga, no vamos a la justicia a pedir castigo: 883nosotros somos los jueces y los verdugos de nuestras esposas o amigas; con la misma facilidad las matamos, 884y las enterramos por las montañas y desiertos, como si fueran animales nocivos; no hay pariente que las vengue, 885ni padres que nos pidan su muerte. Con este temor y miedo ellas procuran ser castas, y nosotros, como ya he dicho, 886vivimos seguros. Pocas cosas tenemos que no sean comunes a todos, excepto la mujer o la amiga, 887que queremos que cada una sea del que le cupo en suerte. Entre nosotros así hace divorcio la vejez como la muerte; 888el que quisiere puede dejar la mujer vieja, como él sea mozo, y escoger otra que corresponda al gusto de sus años. 889Con estas y con otras leyes y estatutos nos conservamos y vivimos alegres; somos señores de los campos, 890de los sembrados, de las selvas, de los montes, de las fuentes y de los ríos. Los montes nos ofrecen leña de balde; 891los árboles, frutas; las viñas, uvas; las huertas, hortaliza; las fuentes, agua; los ríos, peces, y los vedados, caza; 892sombra, las peñas; aire fresco, las quiebras; y casas, las cuevas. Para nosotros las inclemencias del cielo son oreos, 893refrigerio las nieves, baños la lluvia, músicas los truenos y hachas los relámpagos. 894Para nosotros son los duros terreros colchones de blandas plumas: 895el cuero curtido de nuestros cuerpos nos sirve de arnés impenetrable que nos defiende; 896a nuestra ligereza no la impiden grillos, ni la detienen barrancos, ni la contrastan paredes; 897a nuestro ánimo no le tuercen cordeles, ni le menoscaban garruchas, ni le ahogan tocas, ni le doman potros. 898Del sí al no no hacemos diferencia cuando nos conviene: siempre nos preciamos más de mártires que de confesores. 899Para nosotros se crían las bestias de carga en los campos, y se cortan las faldriqueras en las ciudades. No hay águila, 900ni ninguna otra ave de rapiña, que más presto se abalance a la presa que se le ofrece, 901que nosotros nos abalanzamos a las ocasiones que algún interés nos señalen; y, finalmente, 902tenemos muchas habilidades que felice fin nos prometen; porque en la cárcel cantamos, en el potro callamos, 903de día trabajamos y de noche hurtamos; o, por mejor decir,
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