Novelas Ejemplares
de Miguel de Cervantes
5197LA FUERZA DE LA SANGRE 5198Una noche de las calurosas del verano, volvían de recrearse del río en Toledo un anciano hidalgo con su mujer, 5199un niño pequeño, una hija de edad de diez y seis años y una criada. La noche era clara; la hora, las once; el camino, 5200solo, y el paso, tardo, 5201por no pagar con cansancio la pensión que traen consigo las holguras que en el río o en la vega se toman en Toledo. 5202Con la seguridad que promete la mucha justicia y bien inclinada gente de aquella ciudad, 5203venía el buen hidalgo con su honrada familia, lejos de pensar en desastre que sucederles pudiese. Pero, 5204como las más de las desdichas que vienen no se piensan, contra todo su pensamiento, 5205les sucedió una que les turbó la holgura y les dio que llorar muchos años. 5206Hasta veinte y dos tendría un caballero de aquella ciudad a quien la riqueza, la sangre ilustre, 5207la inclinación torcida, la libertad demasiada y las compañías libres, 5208le hacían hacer cosas y tener atrevimientos que desdecían de su calidad y le daban renombre de atrevido. 5209Este caballero, pues (que por ahora, por buenos respectos, encubriendo su nombre, le llamaremos con el de Rodolfo), 5210con otros cuatro amigos suyos, todos mozos, todos alegres y todos insolentes, 5211bajaba por la misma cuesta que el hidalgo subía. 5212Encontráronse los dos escuadrones: el de las ovejas con el de los lobos; y, con deshonesta desenvoltura, 5213Rodolfo y sus camaradas, cubiertos los rostros, miraron los de la madre, y de la hija y de la criada. 5214Alborotóse el viejo y reprochóles y afeóles su atrevimiento. Ellos le respondieron con muecas y burla, y, 5215sin desmandarse a más, pasaron adelante. Pero la mucha hermosura del rostro que había visto Rodolfo, 5216que era el de Leocadia, que así quieren que se llamase la hija del hidalgo, 5217comenzó de tal manera a imprimírsele en la memoria, 5218que le llevó tras sí la voluntad y despertó en él un deseo de gozarla 5219a pesar de todos los inconvenientes que sucederle pudiesen. 5220Y en un instante comunicó su pensamiento con sus camaradas, y en otro instante se resolvieron de volver y robarla, 5221por dar gusto a Rodolfo; que siempre los ricos que dan en liberales hallan quien canonice 5222sus desafueros y califique por buenos sus malos gustos. Y así, el nacer el mal propósito, 5223el comunicarle y el aprobarle y el determinarse de robar a Leocadia y el robarla, casi todo fue en un punto. 5224Pusiéronse los pañizuelos en los rostros, y, desenvainadas las espadas, volvieron, 5225y a pocos pasos alcanzaron a los que no habían acabado de dar gracias a Dios, 5226que de las manos de aquellos atrevidos les había librado. 5227Arremetió Rodolfo con Leocadia, y, cogiéndola en brazos, dio a huir con ella, la cual no tuvo fuerzas para defenderse, 5228y el sobresalto le quitó la voz para quejarse, y aun la luz de los ojos, pues, desmayada y sin sentido, 5229ni vio quién la llevaba, ni adónde la llevaban. Dio voces su padre, gritó su madre, lloró su hermanico, 5230arañóse la criada; pero ni las voces fueron oídas, ni los gritos escuchados, ni movió a compasión el llanto, 5231ni los araños fueron de provecho alguno, porque todo lo cubría la soledad del lugar y el callado silencio de la noche, 5232y las crueles entrañas de los malhechores. 5233Finalmente, alegres se fueron los unos y tristes se quedaron los otros. Rodolfo llegó a su casa sin impedimento alguno, 5234y los padres de Leocadia llegaron a la suya lastimados, afligidos y desesperados: ciegos, sin los ojos de su hija, 5235que eran la lumbre de los suyos; solos, porque Leocadia era su dulce y agradable compañía; confusos, 5236sin saber si sería bien dar noticia de su desgracia a la justicia, 5237temerosos no fuesen ellos el principal instrumento de publicar su deshonra. Veíanse necesitados de favor, 5238como hidalgos pobres. No sabían de quién quejarse, sino de su corta ventura. Rodolfo, en tanto, sagaz y astuto, 5239tenía ya en su casa y en su aposento a Leocadia; a la cual, puesto que sintió que iba desmayada cuando la llevaba, 5240la había cubierto los ojos con un pañuelo, porque no viese las calles por donde la llevaba, 5241ni la casa ni el aposento donde estaba; en el cual, sin ser visto de nadie, 5242a causa que él tenía un cuarto aparte en la casa de su padre, que aún vivía, 5243y tenía de su estancia la llave y las de todo el cuarto (inadvertencia 5244de padres que quieren tener sus hijos recogidos), antes que de su desmayo volviese Leocadia,
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