Acabóse de lavar los hermosos pies, y luego, con un paño de tocar, que sacó debajo de la montera, se los limpió; y, al querer quitársele, alzó el rostro, y tuvieron lugar los que mirándole estaban de ver una hermosura incomparable; tal, que Cardenio dijo al cura, con voz baja:
-Ésta, ya que no es Luscinda, no es persona humana, sino divina.
-Ésta, ya que no es Luscinda, no es persona humana, sino divina.
Primera parte, Capítulo XXVIII